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Opinión | La solidaridad en tiempos de crisis


No hay una tragedia en el mundo de la que no se cree una marea de solidaridad con ganas de ayudar a los más afectados. El problema de estos arrebatos es que duran dos semanas, dependiendo de la magnitud de la misma. Nadie se acuerda ya de los terremotos de Lorca, por ejemplo, o de los atentados por la cual medio mundo se colocó la bandera del país en cuestión. Lo mismo está ocurriendo en esta crisis sanitaria por el coronavirus. Combatimos por ayudar a nuestro sistema sanitario y, a las primeras de cambio, nos lanzamos a la calle como si no hubiera un mañana. 

Las mareas de solidaridad han llegado hasta tal punto que la sociedad aplaude a las ocho de la tarde cada día con tal de agradecer a los sanitarios su ardua labor por combatir la expansión y aplanar la curva. Esas acciones se complementan con acciones de ánimo por parte de los más conocidos con el fin de hacernos más amenas las tardes de confinamiento con infinidad de directos en redes sociales, incluyendo conciertos "íntimos". Hasta aquí todo es tan bonito como irreal. Y es que a la primera oportunidad que tenemos nos aprovechamos de lo poco que nos dan. 

Somos la misma sociedad que agradece la brutal labor y la dura vida de los sanitarios de este país cada día a las ocho de la tarde y que sale con los amigos a hacer un botellón el mismo día que nos permiten salir. Somos la misma sociedad que vivimos de la hipocresía de criticar y acosar a personas que trabajan en hospitales para intentar salvar al país del desastre sanitario y luego participar en varias iniciativas para recaudar dinero contra el virus. No nos importa señalar con el dedo a personas que necesitan salir por diversos motivos y de incluso llamar a la policía para ponerlos bajo el punto de mira. 

En algunos casos parece que hemos vuelto a la época de la dictadura en la que se delataban a los vecinos con tal de salvar el pellejo uno mismo. La solidaridad en tiempos de crisis es efímera, como lo es nuestra moral, como lo es todo en nuestra vida. El problema real es que no aprendemos de las tragedias que vivimos, simplemente nos olvidamos y seguimos viviendo esa vida que nos obligan a vivir hasta que nos vuelve a sacudir la realidad. Espero que nadie se preocupe demasiado, el narcisismo y el ego personal volverá a aparecer tarde o temprano y volveremos a caer en el abismo del poder de nuestro propio ombligo.