Circo Negro: Muerte Roja, II


Un alarido de terror se escuchó en las habitaciones de los dos pequeños cuando los padres vieron a sus dos hijos muertos. Una pequeña sonrisa infantil resonó una vez las lágrimas brotaban de los ojos de los afligidos padres. Crakium se sentó en la silla del salón y, como no llegaba al suelo, balanceaba con una sonrisa infantil. Casi temerosa. Ambos corrieron hasta la posición del pequeño. Se quedaron parados y un sudor frío recorrió su espalda. Temblaron, aunque apenas se dieron cuenta de ello.

- ¿Quién eres, pequeño? - preguntó la madre con dulzura. Después de todo era un niño de no más de seis o siete años y se negaba a aceptar que aquel pequeño era el responsable de aquella masacre.

- El asesino de vuestros hijos, ese soy.

La mujer no pudo asimilar al momento eso que había escuchado. ¿Había oído bien? ¿Asesino? ¿De sus hijos? Vio como su marido enrojecía de ira pero fue ella, una vez más, quién habló deteniendo a su marido poniéndole la mano en el pecho. 

- No digas tonterías pequeño, tu no puedes haber hecho esto... Dinos, ¿dónde está tu amigo escondido? ¡Te prometemos que no diremos nada de ti!

- ¿Qué amigo? Ya os he dicho que he sido yo quien ha asesinado a vuestros hijos. Ese placer lo guardaré por largo tiempo. Ese último momento de éxtasis cuando saben que van a morir. Aunque sean tan pequeños... ¿sabéis? Creo que lo saben antes que los adultos. - comentó con una dulzura inusitada. 

- Seguro que te ha amenazado que hacerte lo mismo que a mis pequeños.. - Se negaba a mirar el destrozo que habían sufrido sus hijos. - Venga, cariño, cuéntame qué ha pasado realmente... 

Crakium comenzó a molestarse de verdad. ¿Por qué era tan difícil de creer que un niño podría hacer una masacre? Sonrió, pero en esta ocasión no había dulzura alguna en su cara. Cerró los ojos y alzó la barbilla sin dejar de sonreír. Un sonido gutural resonó de su garganta que hizo que sus manos temblaran. En ese mismo instante, el padre de los pequeños cayó de rodillas y, tras agarrarse la lengua con los dedos, cerró la boca y se arrancó la misma. La sangre comenzó a brotar mientras que el trozo de carne inerte se debatía en los últimos segundos de vida. Impactada y aterrada, la pobre mujer comenzó a entender lo inexplicable. 

- Ahora me crees por lo que veo. Tus hijos no han sufrido, han caído en mis manos antes de que despertaran. Eso debe ser un consuelo para ti y tu alma, pero tu no sufrirás la misma suerte que tus hijos. La prueba es tu querido marido, que se desangra lentamente... Pero no queremos eso, ¿verdad? 

Volvió a escucharse ese sonido hondo y oscuro y ella sintió que su mano se desplazaba directamente hacia el ojo de su pareja. No pudo evitar clavarle una uña en la pupila derecha con su mano izquierda. Nuevos gritos de dolor y sangre que salían desde la órbita ocular, destrozada. Dos, tres, cuatro y hasta cinco veces su uña impactó contra el amasijo de sangre y partes del ojo. 

- ¡Bien! Nos estamos divirtiendo ¿verdad? ¿Y si lo pasamos mejor? Corre mamá, corre... 

Sin darle tiempo a pensar, sus pies se movían en dirección a la ventana. Un grito de terror recorrió su garganta cuando vio que se precipitaba con astillas del cristal en la cara y en las manos. Su cuerpo cayó en la pequeña acera, resonando el crujir de huesos de su cerebro en el bordillo de la misma. El silencio se hizo después. Sepulcral. Crakium sonreía. Su alma estaba siendo saciada, luego saldaría deudas con su tío, pero cada cosa a su tiempo. Aun le quedaba el pobre padre. Sollozaba en silencio pese al dolor y el miedo. Decidió que, antes de clavarse en los intestinos un par de perchas, le obligara a desollar a sus propios hijos muertos. El disfrute fue grandioso y recordó esa noche durante días. Ahora volvía andando al Circo Negro para poner en práctica el plan que tenía para su futuro. Su tío era el importante, pero él jamás iba a dejar pasar la oportunidad de disrutar y avanzar con sus propios intereses. Cargado de orgasmos de sangre, comenzó a sonreír mientras el sol aparecía, cual enfoque en blanco y negro sobre un circo que despertaba, inerte, expectante a lo que estaba por venir
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Sobre Jesús V.

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