Doblones De Plata, I


La lluvia arreciaba en el puerto aquella noche de invierno. Las estrellas reposaban la luz en las nubes, escondidas por miedo a la tormenta que se acercaba a la cuidad. El galeón reposaba en el agua que comenzaba a picarse mientras varios marineros desembarcaban con algún que otro barril de cerveza, y especias. Varios puntos morados indicaban que las casas del placer todavía seguían ofreciendo sus servicios al mejor postor. El viento cambiaba a placer mientras era el enemigo más claro de los marineros y viandantes. Vendedores, marineros, mujeres del placer y rateros se mezclaban en una de las callejuelas a altas horas de la madrugada, y ese era el mejor momento del día. Ese era el momento en el que él llegó. Paseó la mirada por la mayoría de que poblaban la callejuela. Al fondo estaba la posada a la que solía acudir cada vez que tocaba tierra.

Empezó a caminar sin fijar la mirada en nadie. Sabia que la viceversa era segura. Pocas veces pisaba tierra aun cuando el galeón tocaba puerto, y cuando lo hacia todos y nadie sabían quien era y el oscuro pasado que ostentaba en decenas de puertos de mercancías. Relatos e historias que cambiaban en cada taberna, en cada posada y en cada casa de placer que surcaban cada puerto. Todas, en cambio, coincidían en la fuerza que tenía en la mano izquierda y en su gran manejo con el puñal. Siguio paseando con relativa tranquilidad hasta que llego a la puerta de la taberna. Tras ojear en la puerta quien ocupaba las mesas de madera y la barra, fue a sentarse en una de las esquinas de la misma, pidiendo la primera pinta de cerveza. 

Ancla de Mar, que así se llamaba la taberna, estaba iluminada con candiles repartidos en cada mesa además de una gran lámpara de hierro colmada de velas que repartían una luz tenue sobre las paredes azules, ya gastadas del tiempo. Ocho mesas de madera ajadas estaban acompañadas por tres sillas iguales cada una. Ventanas con vidrieras de colores oscuros se mezclaban con algún cuadro marinero o de arte extraño de, seguramente, algún autor local. El, por su parte fue a sentarse a la esquina en una de las sillas altas donde la barra se alzaba de color negro, alta y poderosa. Tras la barra varias estanterías con botellas de ron, whisky y cerveza se intercalaban con con retratos de antepasados y sucesores del dueño de la misma, y se dispuso a disfrutar de la primera pinta de la noche. Escuchó historias, amoríos y peleas, las cuales formaban parte de la vida diaria de la Ciudad del Puerto. Miro en derredor y se fijó en que la mujeres del placer habían invadido ciertas mesas y una de ellas acudía a su encuentro a barra, que desapareció a los segundos tras ver la
mirada que le dedicó. 

Hoy no era noche de placer. Era noche de historias, de cuentos, historias y pintas de cerveza. La noche fue dejando paso a la madrugada, y con ella, muchos de los marineros fueron desapareciendo hasta quedar prácticamente quedaron solos el dueño y el. Fue el momento se los negocios. 

- ¿ Todavía viajas con aquello? - comentó el dueño como si preguntara por el tiempo.

- Claro, un buen negocio no se deja escapar, y menos en estos tiempos de mar. Y si, el precio sigue igual, al menos de momento. - respondió mirando el poso de la jarra.

- ¿ Cuantos barriles? 

- Doce. A dos doblones de plata cada uno, ya lo sabes.

- ¿ Cuando? - aceptando el trato mientras limpiaba la barra intentando no mirarle a los ojos. - Tendria que llevar a mis hijos y algún familiar.

- Mañana por la noche. Nos vamos pasado. - apuró su quinta pinta y tras levantar la jarra pidiendo otra, siguió hablando. - Nos vamos pasado. Volvemos al sur. Y cuando vuelva habrá más. Seguramente más caro por la época en la que volveré, ya lo sabes. 

- Si, lo sé. Me quedo con los doce, y cuando vuelvas seguramente te pida un par mas. Siempre es bueno tener reservas.

- Como quieras, mientras me pagues haz lo que quieras.

- Queda dicho. También queda dicho que debes parte de tu cuenta de la ultima vez. - anunció alzando la vista levemente. 

- Te regalo un barril. Así pago lo que me queda, lo que gaste esta noche y lo que gastaré estos días. 

- Sea pues. Tu habitación está lista. Si quieres compañía, avísame. 

Se levantó de la silla alta y tras apurar la ultima pinta, salió de la taberna y se acercó nuevamente al muelle de carga. Era la noche que estaba previsto el denominado trasvase de barriles. Se escondió en una esquina mientras fumaba un pequeño cigarro. Se quedó mirando como las tabernas y los sitios de alterne se iban llenando al mismo ritmo que los pescadores y personas de bien se refugiaban en sus casas.Siguió allí hasta que el tercer cigarro se consumió en su labio inferior. Casi de madrugada, fue el mismo quien echó a pasear por el muelle. Se fue fijando en el nombre de los barcos, "Carabela" "Oscuridad" o "Reina Victoria" pero él buscaba otro, buscaba en el que arribó al pueblo. Y lo vio. "Casarena." Se acercó por la escotilla hasta que pudo colarse dentro con un salto demasiado ágil para su edad.

- Bastardos... Se verán sin nada. - escupió algo de saliva mezclada con tabaco.

Se adentró por la bodega para ver el material que habían dejado para el día siguiente. Iban a dejar un guardián pero él convenció al capitán de que no hacía falta para aquel pueblo, lleno de pescadores y gente pobre. Pobre diablo. Precisamente por eso era un peligro dejar el barco sin ningún guardia. Muchos eran los que se lanzaban a registrar barcos y navíos en busca de algo para comer, o vender. Siguió bajando hasta que encontró los treinta y cuatro barriles que había reservado por su propia cuenta. Sonrió. Iba a ser más fácil de lo que esperaba ya que no estaban atados. Volvió a subir por la escalera de madera y tras recostarse sobre el mástil principal, simplemente silbó.

Fue entonces cuando otros siete aparecieron de entre las sombras del muelle. Fueron rápidos. Sabían hacer ese trabajo por la experiencia de la repetición. Trabajaron en silencio. Guardando los barriles en pequeños camiones de madera. Guardó los doce prometidos al tabernero y los demás fueron repartidos por la ciudad casi sin hacer ruido. Las pocas personas que pudieron darse cuenta cerraron postigos y ventanas para olvidarse de aquello. Él, por su parte, volvió a sonreír. Con los dos que quedaron con él, se fue de nuevo hacia la taberna, pero esta vez por la parte trasera. Golpeó dos veces la ajada puerta. Esperó.

- Tardaste. - se escuchó cuando la puerta se abrió.

- Bueno, no eres el primero al que surto. Otros pagan más. Tardo menos.

- No me vengas con esa, marinero. Sabes cuanto pago.

- Y tu como trabajo, así que no me enseñes a hacer mi trabajo. Vamos, coge tus barriles. Mis chicos cobrarían por meterlos dentro.

- Cobrarán también por ello. Metedlos. Pagaré con una cena y buena cerveza. - al ver que ambos sonreían y comenzaban con el trabajo, siguió hablando. - Para la semana que viene, subiré las visitas, subiré el pedido. Espero no haya problemas.

- No lo hará. Pagarás como todos, y de todo lo que pidas tendrás.

- No esperaba menos de ti.

Ambos sonrieron y compartieron un cigarro a la luz de la luna mientras los chicos metían los doce barriles. Una vez todo terminó y con los doblones en el bolsillo, dejó a los dos cenando en la taberna y fue al edificio de enfrente. Entró y tras subir unas pequeñas escaleras entró en su habitación. No le gustaba quedarse en el galeón pudiendo estar en tierra. Evitaría el vaivén de las olas en el barco las máximas veces posibles. Se recostó en el jergón y se relajó escuchando la lluvia que apretaba conforme la madrugaba daba paso al día. Se quedó dormido con la ropa puesta, sin afeitar, sin ducharse y pensando en la vida que tendría con uno de esos barriles que contrabandeaba lleno de doblones de plata.
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Sobre Jesús V.

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