Circo Negro, La Llegada, II

La noche en la que se celebró la presentación de Carles, el tiempo había virado del plomizo de la mañana a la lluvia que racheaba a placer de un viento contento de tener espacio para navegar. La reunión en forma de semicírculo con Roberto y su sobrino en el centro presagiaba noticias interesantes. Muchos habían charlado acerca del motivo por el cual se les reunía a esas horas y aquel día, teniendo en cuenta que la próxima función sería el domingo y hoy sólo era martes. Cambios en la función, despidos, incorporaciones, muchas de las teorías que circulaban por la tarde eran propagadas por todos para la excitación de Roberto.

Aquel era un golpe de efecto interesante y, por qué no, abarcaba un abanico más grande de edades ya que podría palpar con su sobrino como estaba el ambiente entre los niños tras la trágica muerte de Ignacio. Todo eran ventajas, o al menos eso le pareció en un principio. Es curioso como de las expectativas a la realidad siempre hay un camino pero nunca nos acordamos de las vicisitudes que pueden surgir. La reunión empezó puntual, sonaba la pequeña campana que Roberto había hecho instalar para delimitar las horas de función cuando comenzó a hablar.

- Muchos han sido los rumores que he escuchado circular por el Circo Negro, y muchos son los que han fallado. Resulta no menos interesante la de aventuras que se puede inventar la imaginación si mezclamos intriga y actos sorprendentes. Casi ninguno de los rumores son falsos, exceptuando uno y es que esta noche, os haré una presentación.

Todos ya se imaginaban a quien iba a presentar. Era a aquel niño con la ropa deshilachada, ojos hinchados verdes y el pelo moreno revuelto, seguramente usaba poco el peine. No se imaginaban que esa imagen tenía apenas unas horas. Se sorprenderían verlo con la túnica roja y los enseres de las Tierras Rojas. Pero aquel niño desprendía algo más que ternura y sincera curiosidad. Desprendía fuego, ganas de luchar, evocaba una sincera curiosidad por el circo y sus trabajadores. Y eso era algo que no se podía fingir, o eso creían entonces. Roberto notó la impaciencia de todos y para puro deleite, tardó unos segundos más en hablar, cuando lo hizo, todos miraban al chico, hasta Marc que había guardado el secreto a sugerencia de él mismo.

- Este es mi sobrino Carles. Acaba de quedarse huérfano por una terrible tragedia del destino y va a pasar, al menos, un tiempo con nosotros hasta que se aclare lo sucedido y el futuro del chico.

 Contuvo la sorpresa cuando Carles se echó a llorar estruendosamente cuando pronunció “tragedia del destino”. Estaba claro que había aprendido muy bien. Siguió hablando mientras palmeaba el hombro de su sobrino.

 – Ni que decir tiene que trabajará como los demás pues eso le vendrá bien para espabilarse y para tener la mente ocupada. No tendrá privilegios y se le enseñará una especialización, que quedará a placer de él.

Todos entendieron que Roberto quería hacer que su sobrino se sintiera a gusto entre ellos. Era encomiable su actitud a su edad de mantener a un niño tan joven. Todos asintieron solemnemente a la cara de Roberto de “es por él, no por mi” y él, viendo que volvían a caer en la trampa de la sensibilidad, no pudo menos que sonreír, eso sí, por dentro y sin reflejarlo a nadie, o casi, pues su sobrino lo miraba con esa sincera curiosidad de aprender de su maestro. Un maestro que había embaucado a doce familias de circenses para ponerlos a sus pies. Esa mirada delataba admiración, respeto, y sobretodo, ganas de superar a su maestro porque, al fin y al cabo, de eso se trata la enseñanza, de superar a su maestro. Con un leve empujón, su tío le animó a hablar. Estaba deseándolo.

- Hola, me llamo Carles y me gustaría aprender a hacer magia. Me ha dicho mi tío que los mejores magos están aquí, y quisiera ser uno. - comentó con una sonrisa angelical. Todos pensaron que era mejor coger el camino de la magia y no el de la tragedia de sus padres. Pero se equivocaron. - Mis padres fueron asesinados hace dos semanas, y...y... - comenzó a gimotear lentamente hasta que prorrumpió en lágrimas. Pese a la impotencia de todos, consiguió controlarse y seguir hablando. - Eran muy buenos y no merecieron ir al cielo así, tan pronto, pero yo me haré mago para que estén orgullosos de mi. - miró a su tío con la misma sonrisa y fue en ese momento en el que ambos se ganaron el respeto de todos y cada uno de ellos.

- Bien pues, ¿alguna pregunta?

- Solo una tenemos Roberto. - preguntó Marina, sonriendo. - ¿Cuándo se puede sobornar a tu sobrino para que olvide la magia y quiera aprender a ser un payaso?

Todos sonrieron, también Carles que se enjugaba las lágrimas con el dorso del chaquetón marrón. Una imagen realmente tierna, de las que ganaban corazones. Él, como no, respondió a la pregunta, adelantándose por primera vez, y no última, a su tío.

- Podéis sobornarme cuando mi tío me deje libre de las clases de la escuela porque de momento no podré ir, luego si recibo pasteles y chucherías me pensaré la decisión.

Las carcajadas resonaron por la arena principal del Circo Negro donde la lluvia había pasado desapercibida, pero estaba ahí, cayendo como telón de acerco en las lonas negras, como también estaban ahí dos de los futuros poderes de las Tierras Rojas si seguían por el camino marcado por los Maestros Principales. Uno, el maestro del alumno, otro, el alumno del maestro. Es curioso como ambos papeles se pueden cambiar sin apenas nadie se de cuenta.
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Sobre Jesús V.

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