Circo Negro, La Función II

Las luces se apagaron de forma fulminante tras la inclinación de Roberto al presentar la primera función. Una melodía de los años 20 comenzó a sonar mientras un par de focos comenzaron a parpadear hasta que finalmente iluminaron parte de las gradas y de la arena central del Circo Negro. Roberto ya no se encontraba en el centro de la misma, donde solo se encontraban un par de sillas de madera. Los focos, al instante, se centraron en la cortina roja y negra que cerraba la entrada del plantel de trabajadores. La música siguió sonando mientras los dos primeros payasos dirigían el primer acto de la función. La misma fue pasando de forma lenta y se comenzaron a notar que la función estaba todavía en construcción, ya que ciertos detalles no estaban pulidos pero de eso el público no se daba cuenta. Estaba ensimismado y entregado a la función, y lo demostraba con fuerza en los aplausos a cada uno de los trabajadores.

Roberto, tras las cortinas sufría y se cabreaba si algo no salía bien. En cierto modo, era parte de su papel pues no podía demostrar su desidia y pasotismo a la creación y perfección de la función ya que el sabia de muy buena tinta que todo encajaría cual máquina de imprenta. Todo estaba medianamente organizado hasta la mitad de la función, luego Marc, con la asesoría omnipotente de su nuevo socio, dejaron la segunda parte a la propia improvisación para que sacaran potencial a sus cualidades y por qué no, nuevos números y actos que pudieran mejorar el Circo Negro. Volvió a dar instrucciones y a aparentar que lo pasaba mal pues estaba seguro que era vigilado por algunos trabajadores y, obviamente por Marc. Este salió casi al final de la función para hacer el clásico payaso triste contra el alegre y así deleitar a los más pequeños. Roberto, por su parte, se había asegurado el final de cada función con un número que, según comentó a todos, les iba a gustar como fin de fiesta.

Tras los payasos, los domadores, los malabaristas, y los acróbatas, toco el turno a los ilusionistas, los cuales cerrarían las funciones mientras estuvieran en el pueblo ya que sería el numero con el que todos se irían en la mente a sus casas, y había que dejarlos impresionados. Primero salieron los magos y sus trucos con cartas, monedas y un sinfín de cachivaches que poco a poco iba abriendo las bocas de los presentes, en especial de los pequeños. Tras ellos acudieron a escena los adivinadores, los cuales hicieron las delicias de las mujeres a las cuales les adivinaba el futuro y parte de su pasado. Nadie sabia que estos mismos habían salido disfrazados las tardes a los bares o reunión de personas a recabar información de todas las personas de las cuales sus vecinos y vecinas tenían a bien valorar sus vidas. La función iba casi a la perfección, llegaba el turno de Roberto pero antes la última función antes de el número del dueño del circo. Algo que no encajaba a primera vista pero en el conjunto le daba esa pausa para la potencia del número final. María salió a la arena central y tras apoyarse en una de los maderos que sostenían la carpa, cantó.

Y cantó durante más de veinte minutos, nadie se dio cuenta del tiempo que pasaba pues todo estaba apagado salvo un foco a media luz que iluminaba a la cantante, vestida de negro y con la cara tapada tras un pañuelo del mismo color. Las mujeres se emocionaban con su magnífica voz, los hombres escuchaban con el vello erizado, y los niños miraban con un cruce de emociones, tanto por la incertidumbre de quien era aquella mujer que tan bien cantaba como por la dulzura que envolvía aquel canto a la vida. Una vez terminó, el público tardó unos segundos en reaccionar, tras lo cual todos los asistentes prorrumpieron en una ovación cerrada. Tras quedarse todo a oscuras, empezaba el final. La canción de los años 20 regresaba de forma suave y dulce,  para luego comenzar a subir y a subir de potencia hasta que nuevamente paró y un foco restalló en el centro de la arena, donde Roberto ya sonreía al público que estaba lleno de tensión y expectación. Un silencio perpetuo reinó la arena hasta que habló.

- Bienvenidos al Circo Negro, espero que os haya gustado y hayáis disfrutado de nuestra primera función. Recomiéndela por los buenos y no por los malos momentos - ríe Roberto para cortar la tensión por unos instantes, y retomando la seriedad, continua - Ahora vayamos con el número final, a mi cargo, y es que aunque no lo sepan ni me conozcan, yo antaño fui uno de los mejores ilusionistas del país, y hoy aquí, os mostraré mi arte, para el que lo pueda ver, por supuesto. ¿Quién de vosotros no ha querido desaparecer por unos minutos? Hoy lo podrá hacer si es tan valiente si se acerca hasta donde estoy. 

La tensión se palpaba en el ambiente, mas un niño se acercó con ilusión y curiosidad hasta Roberto, que descansaba bajo su bastón con puño de marfil que parecía vibrar. 

- Aquí tenemos a un valiente, ¿cuál es tu nombre?

- Ignacio.

- Bien Ignacio, yo me llamo Roberto y gracias a mi vas a desaparecer unos minutos. ¿Te atreves?

- Por supuesto, tengo ya 9 años. - comentó con soltura para carcajada del público, que parecía querer destensar el acto ya que la música no había dejado de sonar, aunque a menor potencia.

- Bueno, empecemos. Túmbate Ignacio en el suelo y déjate llevar. Ahora queridos espectadores, estén atentos todos a este juego de antaño donde las cosas no son lo que son. Cierra los ojos chico y que la música nos envuelva a todos.  

La música comenzó a resonar por todo el circo mientras Roberto se relajaba para comenzar su ritual. El bastón de marfil comenzó a vibrar de forma más ostensible ahora que nadie prestaba atención a donde reposaba su cuerpo, aparentemente anciano. Las luces se centraron en el chico tumbado para que así el pudiera tener margen de movimientos, y así centrar el bastón, que ya mostraba sus raíces de marfil, esta vez en la parte inferior, en el pecho del chico que seguía con los ojos cerrados. Al instante un fogonazo de humo y luz hizo que Roberto clavara el bastón en el pecho del chico, cerca del corazón. Nadie se dio cuenta del alarido del chico entre la potencia de la la Iuz y del fogonazo. Instantes después, Roberto puso los ojos en blanco de puro placer y notó como el alma, más pura de lo que pensaba, comenzaba a surcar el bastón hasta clavarse en el puño de marfil, el cual con un sutil clic hizo que todo desapareciera, incluso la vida de Ignacio. "Alma condenada" fue lo que el anciano susurró mientras las luces fueron surcando las gradas hasta que se clavaron en él, que una vez con el bastón en el suelo, alzaba sus brazos en cruz y parecía centrarse en algún punto fijo del techo de la carpa. Un nuevo fogonazo hizo que la luz, el humo y el final de la canción terminara con una potencia que nadie esperaba. 

Segundos después, la luz volvió al Circo Negro donde el cuerpo de Ignacio no se veía y un alma era custodiada en una cárcel de marfil. Las personas finalizaron el show con una atronadora ovación, a lo que Roberto puso su toque final.

- Ignacio volverá mañana con su familia. Hoy, al estar desaparecido, pasará la noche en el circo rodeado de buenos amigos que lo cuidaremos como merece. - Tras una pausa de varios segundos, continuó con distinto tono de voz. - Bienvenidos al Circo Negro, donde todas las cosas que ves no son lo que son, ni serán jamás aquello que imaginas.

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Sobre Jesús V.

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3 Plumas:

  1. Al fin comienza Roberto su verdadero plan y de una forma espectacular. Gran capítulo que como siempre se hace corto y deja con ganas de más.
    Muchos besos pequeño!!
    Te amo muchísimo mi amor!!!

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  2. Que ganas tenía de leer un momento así!
    A la espera del próximo :)

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  3. Alucinante. Me hallo anonadada. ¿En serio me vas a dejar otra época sin nada?
    Felicidades.

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