Tenebris Passiones, Emilia. - Papel De Tinta Negra

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7 de agosto de 2012

Tenebris Passiones, Emilia.

Roma
Tres años después.
Otoño del 220 a.C


Amanecía un día más en Roma. El mundo no podía pasar por alto la guerra que estaba comenzando entre dos grandes potencias, Cártago y Roma. Muchos apostaban que Cártago sería aniquilada en cuanto los romanos sacaran su poder de combate a relucir, otros, en cambio, señalaban que el nuevo general en jefe de las tropas cartaginesas podía acabar con aquel glorioso imperio. El pueblo estaba bajo las decisiones del Senado de Roma, y aunque muchos ansiaban una guerra para dejar claro que Roma era el poder y contra él no se podía hacer nada, otros desvanecían la idea entre vasos de vino en interminables fiestas al honor de Roma de su pueblo.

También se comenzaban a escuchar rumores de que Demetrio había comenzado ciertas hostilidades con Roma, a pesar de que fueron ellos quien les ayudó a llegar hasta el poder. Muchos romanos comenzaron a predecir el fin de Roma, mientras que otros tantos patricios comenzaban a acercarse a los augures para que confirmaran o desecharan aquellas ideas que muchos romanos comenzaban a montar en sus cabezas despreocupadas.

Roma era una ciudad que había crecido demasiado en poco tiempo, y los problemas de los ciudadanos no sólo se basaba en la inminente guerra o en temas estrictamente políticos. Un problema bastante común era el nacimiento de esclavos en familias patricias. Muchos, por pura facilidad, dejaban que los pequeños murieran de hambre en cualquier habitación cerrada, otros se preocupaban por mantenerlos con vida para que, en un futuro, pudiera disponer de un esclavo a un bajo precio, mientras algunos patricios, después de dejar morir a los pequeños, alquilaban a las esclavas a ciertas familias para que amamantara a algunos niños cuyas madres no podían.

Emilia tenía esas ideas en mente desde que había descubierto que estaba embarazada. Sus amos no se habían pronunciado sobre el futuro del pequeño, mientras ella debatía en su mente varias opciones de mantenerlo con vida, aunque fuera a costa de la suya propia. Sabía que dentro de muy poco su pequeño nacería y rezaba para que fuera una niña, al menos así tendría más posibilidades de mantenerla con vida aduciendo que podría ser una buena esclava de mayor.

Con sus amos ya acostados, se dirigió a su habitación para intentar asearse en lo posible, mientras que varios de los otros esclavos dormían cansados. Se sentó en el suelo para descansar un poco cuando notó que el suelo comenzaba a estar mojado. Una oleada de terror le recorrió su cuerpo cuando se dio cuenta que estaba de parto. Comenzó a jadear de forma leve cuando consiguió avisar a un par de esclavos que dormían plácidamente en su cama.

Uno de ellos, se despertó sobresaltado y al verla tirada en el suelo, con un pequeño charco en derredor, fue en busca del atriense de la casa, el cual le diría que hacer. Pasados unos minutos llegó con alguna toalla caliente y alguna vasija donde poder limpiarse las manos y al pequeño, si es que conseguía traerlo al mundo sano y salvo.

Emilia comenzaba a recibir órdenes algo imprecisas por parte del atriense, pero se resignó y prestó atención y obediencia a su superior. El dolor de las contracciones cada vez era más repetido y comenzó a tener miedo. Era su primer parto, no sabía a qué se enfrentaba, y tenía claro que todos, o casi todos allí estaban igual que ella. Comenzó a gritar más fuerte a medida que empujaba con más fuerza. Se dijo para sí que no tardarían mucho en que sus amos aparecían por la puerta para callar e imponer el castigo necesario a quien fuera oportuno. Media hora después, un llanto poderoso y fuerte emergió desde las manos del atriense, al cual se podían vislumbrar como pequeñas gotas de cristal emergían desde sus ojos azules. Limpió al pequeño con las toallas mojadas en el agua de las vasijas y tras dárselo a la madre, la puerta de la estancia se abrió de par en par.

En la puerta, su amo se alzaba majestuoso con una túnica pulcramente limpia, mientras que en la mano izquierda blandía un látigo, con el cual clamaba venganza por haberle despertado en mitad de la noche. Se quedó paralizado cuando vio a Emilia en el suelo, con sangre y agua como manta, mientras en las manos sonreía a un bebe que dormitaba feliz en los brazos de su madre. A pesar de aquella imagen, se recompuso ligeramente y habló con voz autoritaria.

- Mañana dictaré sentencia a este ultraje por vuestra parte. Atriense, ordena que limpien esto.- y señalando a Emilia continuó.- También debemos aclarar que va a pasar con ese bebe que acaba de nacer.

Tras esto, giró sobre sus talones, dando un portazo seco. El atriense, antes de comenzar a dar órdenes, vio los ojos preocupados de Emilia. Fue entonces cuando se acercó y le susurró algo al oído.

- No te preocupes. Siempre hacen falta esclavas..Si, esclavas. Acabas de tener una niña.