Tenebris Passiones, Cneo Cornelio Aculeo. - Papel De Tinta Negra

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28 de julio de 2012

Tenebris Passiones, Cneo Cornelio Aculeo.

Roma.
Verano del 223 a.C


Miles de lanzas de cristal dorado emergían en la oscura noche romana. Roma disfrutaba de una paz relativa, teniendo guerras en varios sitios, como en la rebelde Hispania, donde Aníbal acampaba por ella haciendo aliados para una posible guerra contra los romanos. Varios pájaros comenzaron su ritual de cantos, despertando a los esclavos que, en casi toda Roma comenzaban a despertarse para comenzar los trabajos de la casa. En el Macellum, miles de comerciantes terminaban de preparar lo que iban a vender al pueblo, mientras que varias personas terminaban su fiesta saliendo de las tabernas que la parte pobre de Roma ofrecía a todo tipo de clientes. 

En la casa de Cneo Cornelio Aculeo, todo el mundo estaba despierto. De hecho, llevaban así desde el fin de la cena, cuando su mujer Livia había sentido las primeras contracciones que anunciaban la llegada del primogénito de la familia. Los esclavos ya estaban preparados para cualquier incidente con el embarazo de su ama, y tardaron menos de dos minutos en preparar todo lo necesario, mientras el atriense, fue en busca de la matrona, que tardó diez minutos en llegar tras conocer el nombre de la parturienta. Las cuatro esclavas estaban encerradas en la habitación con Livia y la matrona, a la espera de recibir órdenes para ayudar. Varios asistentes a la cena todavía permanecían a la espera de las buenas noticias que, seguramente vendrían desde la habitación mayor. 

No era algo normal que varias personas estuvieran presentes a altas horas de la madrugada en una domus romana, pero la posible venida de un primogénito para la familia era algo que celebrar, y a pesar de que el páter familias había mandado desalojar la domus, había mantenido cerca a varios de sus mejores amigos y a su hermano Lucio.Cneo Cornelio Aculeo había decidido estar solo en el Tablinium a la espera de las noticias que un esclavo o alguien de su familia viniera a anunciarles.

Llevaba sentado en aquella cathedra desde que su mujer había sido encerrada en la habitación a la espera de las noticias. Llevaba varias ánforas de vino agotadas en aquella terrible espera. Fue entonces cuando los pensamientos vinieron a su mente como dagas afiladas. Le venían a la mente aquellas ideas de no aceptar al pequeño. Sabía que se cernía sobre Roma una cruenta guerra, y no estaba seguro de querer traer al mundo a un hijo para luego perderlo en la guerra. Por otra parte, sería todo un orgullo para él y su familia que su hijo falleciera en acto de servicio, luchando por Roma y su honor. Era una idea que no había acabado de desechar cuando escuchó como una puerta se abría con fuerza. 

Una de las esclavas anunciaba al atriense la noticia, mientras éste, tras asentir, la mandó de nuevo con su ama para que ayudara en todo. Fue él el que se acercó con aire solemne al Tablinium.

- Habla esclavo, y confírmame esa noticia que llevo esperando toda la noche.
- Ha sido padre mi señor.
- Sea, ahora ve y prepáralo todo.

El esclavo asintió y salió disparado para el Atrium. Cneo Cornelio Aculeo tardó unos minutos en salir. Saboreó las últimas gotas de vino de su copa, y tras ajustarse bien la toga, salió al mismo para ver a quien podría ser su primogénito, y futuro páter familias de su casa.

 El llanto pareció fuerte, atronador, cuando se acercó al altar de los dioses lares de la casa. El pequeño lloraba y gritaba con fuerza. Rodeó el Impluvium, donde el agua resonaba tranquila, suave, ajena a aquella escena que decidiría el futuro de aquella familia a corto plazo. Se acercó aún más, y fue entonces cuando lo vio. Envuelto en pequeñas toallas, el pequeño, lloraba ajeno al juicio del que iba a ser protagonista a tan corta edad.  Cneo Cornelio Aculeo se arrodilló y comenzó a supervisar al pequeño. Parecía fuerte, y el llanto anunciaba que estaba sano.

 Por segunda vez aquella noche aquellos pensamientos acudieron a su mente. Aceptarlo en la familia, o renegar de él por su bien para que no viviera una guerra. No eran tiempos para traer niños, era tiempo de luchar y combatir lo que seguramente sería una cruenta batalla. Fue entonces cuando aquel pequeño clavó sus ojos verdes en los de su padre. El llanto del niño cesó y una graciosa sonrisa emergió de sus pequeños labios. Se dio cuenta de que el silencio primero había desaparecido. Todo estaban pendientes a que Cneo diera su veredicto. Podía sentir como varios de sus amigos, e incluso su hermano Lucio contenía la respiración ante aquella decisión, que fuera la que fuese, sería tomada como buena y sabia. Decidió no alargar más el momento. Tenía la decisión tomada. Aclaró la voz y la alzó para que todos le escucharan.

- Que se prepare una mesa en honor a Hércules esta misma noche. Os presento a mi primogénito, mi primer hijo, Cneo Cornelio Aculeo, y que en un futuro se convertirá en el páter familias de esta casa.

Cneo sacó de la toga la bulla que colgó al pequeño. La decisión estaba tomada. Estaba seguro que nunca se arrepentiría. Tenía buenos presagios, y no había nadie que osara a contradecir su decisión. Ya tenía primogénito. Su familia tenía el futuro asegurado.